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Pimienta Short Film Program

Por Alejandro Carpio - 9/11/2012

I.

     Los festivales de cine son la mejor manera de que buenas películas que no cuentan con cientos de millones de dólares en su presupuesto lleguen al público. Esto se debe tanto a que los festivales reúnen en un corto tiempo un número amplio de obras, a la vez que generan un ambiente de fiesta (como el nombre indica), pero sobre todo a que premian algunos de los trabajos presentados. El punto de la premiación atañe mucho a los cineastas, pues al otorgársele una distinción a su trabajo reciben promoción no solo gratis, sino a veces remunerada: esto es, que a uno le pagan por promocionarlo, franca traducción de “win/win situation”.

     A los cineastas jóvenes les seducen, sobre todo, los festivales de cortometrajes. Sin financiamiento sólido y sin demasiada experiencia, un cortometraje sirve como ensayo, carta de presentación y obra de arte simultáneamente. En Puerto Rico, Cinefiesta es sin duda el festival de cortometrajes más importante, por el prestigio con el que cuenta y (lo que sigue, por consiguiente) la proyección que alcanza. Aunque asimismo cuenta con un apartado considerable que se nutre de producciones extranjeras, el festival se dirige principalmente a los cineastas del patio, si vamos a juzgar por el porcentaje de premios que otorgan a las categorías nacionales.

     Finalmente, entre los beneficios de presentar un cortometraje en un festival como Cinefiesta está la capacidad (necesidad, diría) de ver el trabajo de otros cineastas; sobre todo los extranjeros. Al vivir en una isla, uno tiene la sensación de que, si quiere expandir los horizontes culturales, tiene que salir a un “afuera” a merodear el mundo. Cinefiesta promueve todo lo contrario: que sean los extranjeros quienes vienen a la isla. Tanto los organizadores como los concursantes locales tienen la oportunidad de ejercer una función no demasiado acostumbrada por estos lares: la de anfitrión.

II. 

     Una vez le pregunté a uno de los 90,000 jóvenes cineastas puertorriqueños (¡qué muchos hay…!) cuál era su director de cine favorito y me respondió que Stanley Kubrick. Cuando le pregunté, sonriente, que cuál película de Kubrick prefería, me respondió algo así: “Pues, bueno, no he visto ninguna, pero sí he visto muchos fragmentos de sus películas”.

     No hay duda de que alguien que se tome en serio la industria del cine (no como espectador, sino como colaborador, como aspirante a vivir de ella) debe ver muchas películas. Alguien que no conozca la obra de los clásicos de cine se encuentra en una posición espinosa y por más que desee haber dirigido Dark Knight o Kill Bill, se le hará difícil realizar un cortometraje de 4 minutos que valga la pena.

     Ahora bien, aprovechar al máximo la membresía de Netflix tampoco parece ser la clave de uno convertirse en un cineasta diestro, si vamos a creer los testimonios de la gente. Se debe hacer cine para aprender a hacer cine: esto pasa con cualquier otra cosa en el mundo. Los constructores aprenden a construir construyendo, prestándole atención a las necesidades y problemas que surgen en la marcha. Los maestros aprenden enseñando. Nadie se vuelve médico solo leyendo libros de medicina.

     En la isla, las instituciones en las cuales uno puede aprender cine son limitadas. La Universidad de Puerto Rico y la del Sagrado Corazón ofrecen programas de cine como parte de un bachillerato de Comunicación Pública, lo que parece una excelente opción, aunque no para alguien que quiera estudiar cine únicamente. El acceso al equipo fílmico de estas instituciones podría mejorar bastante y lo cierto es que no se acerca al de escuelas de moda como el New York Film Academy, que básicamente hacen responsable al estudiante de un número de herramientas como cámaras, fotómetros, etc., casi desde el primer día hasta que se termina su programa.

     The Pimienta Film Company le ofrece una opción más al aficionado. Aunque empezó como una suerte de “apoyo económico” para la realización de un corto, hoy en día Pimienta mantiene en agenda un proyecto pedagógico/comercial: para su Short Film Program recibe propuestas de parte de noveles directores (algunos de los cuales ya han pasado por el cedazo de Cinefiesta). El apoyo implica efectivo, pero también personal de todo tipo, asesoramiento y lo más importante, mentoría. Un buen número de directores han participado de este proyecto. Los próximos directores deben estar preparando sus “pitchs”.

III.

     El cortometraje “Medio minuto”, de David Norris, ganó el Premio del Público en la última celebración de Cinefiesta. Norris, quien lleva sometiendo cortometrajes el festival hace años, comenta sobre sus primeros proyectos cinematográficos: “Estudié comunicación y teníamos fiebre de cine. En aquel tiempo no había festivales de cortometrajes aquí ; hacías un corto y luego lo veían tus panas en la casa. Y ya. Era la oportunidad de que los colaboradores que trabajaron en el corto, la mayoría gratis, vieran el trabajo; era como una fiestecita”.

     En 2006, su corto No tire su televisor ganó el Premio Especial del Jurado; el director confiesa que le costó filmarlo de $60 a $70 (incluidos, parece, los gastos que implican una noche de pizza y cerveza). El galardón avivaba de alguna forma el currículo de Norris, quien se mantuvo trabajando en varios proyectos de cine. Uno de estos (que había escrito, aunque no dirigido) llamó la atención de Pimienta, con cuya directiva Norris entabló comunicación y proyectó varias colaboraciones.

     Para “Medio minuto”, Norris recibió un financiamiento parcial de parte de la Corporación de Cine. Un elemento vital del corto era la música, que le costaba alrededor de $3,000 (que ya no había). “Medio minuto” se encontraba en su etapa de posproducción y, luego de establecer la necesidad de integrarle música original, Pimienta se integró a la producción del corto.

     Norris comenta que el acto de lavarse la cara con lechuga y hermanarse con el celebrado Pancho “Cara de Queso” puede redundar en convenientes resultados. “Hay que ser atrevido y pedir chavos. Yo le pedí dinero a amistades, que tenían compañías”, recomienda. La necesidad de tener un portafolio (o “reel”) no puede subrayarse lo suficiente, ya que al “pitchear” la idea debe haber algún tipo de fundamento, garantía o prueba de que el proyecto vale la pena. En última instancia, dice, “hay gente dispuesta a trabajar gratis”.

     Presentarse en Festivales como Cinefiesta ayuda a ampliar las relaciones profesionales y los contactos de trabajo, añade Norris. “Además, el tema del networking; uno conoce cineastas y actores jóvenes, la gente se acerca para colaborar, me preguntan que si tengo algún papel para ellos, etc.”. Con los pies puestos en la tierra, recomienda muy lógicamente partir de un presupuesto para darle forma a la historia del guion: “Yo empecé a hacer cortos con $60. Como solo tenía $60, mis libretos los escribía para poder filmarse”. Ya luego una cosa lleva a la otra y, con el tiempo y un portafolio mínimo, uno puede contemplar la posibilidad de invertir $3,000 en música original. A fin de cuentas, dice Norris, vale la pena.

     Así que si algún joven director tiene un proyecto interesante que amerite apoyo económico y asesoramiento de parte de profesionales de la industria, ya sabe que tiene que por lo menos, ver toda la obra fílmica de Kubrick y alguno que otro más y someter, sonriente y sin vergüenza, su propuesta de producción a algún profesional dispuesto a colaborar.

A falta en Puerto Rico de, entre otras muchas cosas, un escuela donde se desarrolle el pensamiento crítico cinematográfico así como profesionales capaces de crear obras coherentes y exitosas, Pimienta está poniendo las herramientas allá afuera para que vayamos aprendiendo, haciendo.