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Mi santa mirada

Por Alejandro Carpio - 8/2/2012

      El cortometraje Mi santa mirada, que concursó este año por la Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes, cuenta la historia de dos hermanos (Samy y Choco) que trabajan para Papo, el bichote de un punto de drogas. En la primera escena, Samy presencia y colabora con la iniciación de Choco en el mundo del crimen; al final, asistimos a una réplica torcida de esta escena, en la que los hermanos se funden nuevamente.

     Luego del preludio sepia, la primera mitad del cortometraje recoge tonalidades azules y transforma a Torres de Sabana en un cuartel frío, lleno de tinieblas; el filtro, la música de película de ciencia ficción y las tomas elevadas permiten que se descarte la noción de " calor tropical". Con la ausencia de rostros hermosos, de mujeres voluptuosas, Mi santa mirada se proyecta como una suerte de antivideo musical. De esta forma, el feísmo social va un paso más allá del de Sonó, sonó, que por razones particulares a su género buscaba belleza (y no desolación) en la pobreza. Ambas películas, no obstante, son conscientes del estilo; en el caso del cortometraje de Aponte, los guiños apuntan a otros lugares; a Bergman, pero también a Ridley Scott (la toma de 4:17 remite obvia y elegantemente a Blade Runner; las escenas anteriores, quizás, a Black Hawk Down). A partir de la incursión de Choco en La Perla, el cortometraje se permite echar mano de los matices grises y cremas del cemento.

     Tres cosas me llaman la atención del cortometraje, sintomáticas de las embocaduras del cinearte contemporáneo y evidencia de la medida en que Álvaro Aponte (director del corto) se familiariza con ellas. Además, como el corto concursó en el festival francés, no está de más buscar en él, aunque sea como ejercicio, los elementos que comparte con el tipo de película que suele presentarse ahí.

     En primer lugar, la decisión de prescindir de rostros hermosos. Los actores amateur que representaron a Samy, Choco y Papo carecen de histrionismo, pero les sobra catadura. La decisión de utilizar actores no profesionales, como suele suceder, limita los contornos de los diálogos, pero expande los del mimetismo. Más importante es el hecho de que no se trate "las caras lindas de mi gente", sino de fisionomías que con las que uno se puede topar en la calle o en el periódico. Desde Humanité (Gran Premio de 1999) hasta Dogtooth (Un Certain Regard de 2009), el Festival de Cannes ha premiado las películas de actores malcarados.

     En segundo lugar, los tiros largos, bergmanianos, del cielo, pero también de espacios amplios. Dos en particular vale la pena señalar: antes de despertar a Choco, Samy está sentado en la sala, sin moverse, por 13 segundos; la cámara no se mueve o corta, por 5 segundos más. El espectador tiene tiempo suficiente para "conocer" el espacio de Samy (los muebles, el televisor enorme, el sistema de música), y no solo "ubicarse" en el establishing shot. En Caché (que le valió el premio de Mejor Director a Haneke, en Cannes) hay tiros similares (sobre todo, el último) en los que la cámara quiere que observemos detenidamente, no que miremos y ya. En otra escena, Samy cuelga ropa en el techo de su edificio. En un tiro amplio que dura casi un minuto (el corto, en total, dura 15 minutos), el tiro continúa y el espectador oye los sonidos de la tarde y el ominoso llamado de "Samy, Samy". A mitad, casi, del tiro, la cámara hace un tilt y vemos un cielo nublado y metálico. Para una muestra de la notoriedad de este tipo de toma, ver el cine de Reygadas (Premio del Jurado 2007, Mejor Director 2012; ambos en Cannes).

     En tercer y último lugar, la imagen del caballo. En lo que respecta al sentido del cortometraje, importa menos la forma en que se presenta al caballo que la interpretación de la imagen, pero relego esto para otro momento. Llamo la atención a la forma en que se presenta el caballo, sobre todo en la escena que se intercala con el asalto a La Perla. El primer plano del hocico, los movimientos rápidos y dilatorios de la cámara, la música de película de horror mezclada con los sonidos de disco rayado y finalmente las tenazas calientes sobre la hornilla le deben bastante a las pesadillas poéticas de Lynch (Palma de Oro 1990, Mejor Director 2001). ¿No había en Twin Peaks un siniestro caballo blanco que preludiaba la muerte?

     Al final, el único cuerpo agonizante, por quien simpatizamos, es el del caballo. Samy y Choco, tiroteados y lanzados al piso, mueren tan anónimos como vivieron; el caballo blanco, sin embargo, la metáfora, intenta sacudir la ternura del espectador. Cuando la pantalla se ennegrece, leemos una cita de Fanon y escuchamos "La tierruca", de Virgilio Dávila. En otra ocasión, Álvaro descartará dar explicaciones (que, en estilística, equipara casi a pedir perdón); la coda, sin embargo, funciona para atinar con el sentido que hemos creído perdido, que vale tanto para el cortometraje como para nuestra pequeñísima isla.